VIAJE AL ÁFRICA MÁS PRIMITIVA

Ésta es una de las excepcionales ocasiones en que la cámara capta la vida de las misteriosas etnias del valle del río Omo, uno de los lugares más salvajes de África. La belleza y calma que desprenden las pinturas con las que decoran sus cuerpos contrastan con la violencia de muchos de sus ritos iniciáticos –en algunos se flagela a las mujeres- y con la lucha a muerte que mantienen entre las tribus.

Texto y fotografías de Hans Silvester *


En el valle del Omo, entre Etiopía, Kenia y Sudán, existe un mundo perdido, un lugar que no figura en los mapas. Lejos de cualquier capital, con un clima extremo, se esconde uno de los lugares más salvajes de África en el que viven unas 15 tribus nómadas o seminómadas. Las más importantes están integradas por unas 70.000 personas; las más modestas no superan el millar.
Aunque a estos parajes no llegó la esclavitud ni la colonización, sí apareció de forma brutal la llamada civilización; la guerra civil en Sudán y el tráfico de armas pusieron a estas etnias en contacto con lo peor de la misma.
Yo llegué a este mundo perdido de la mano de Lucy... Estaba buscando una continuación a mi trabajo sobre las mujeres Mirabaï de Rajastán, cuando comencé a leer un libro sobre ella, sobre Lucy, ese esqueleto de homínido descubierto en 1974 en el sur de Etiopía y que nació hace unos 3,5 millones de años.
Y allí decidí ir, a la cuna de la Humanidad, a aquel lugar donde al parecer se efectuó la separación del hombre y del mono, para conocer a estas tribus que, sin saberlo, son guardianes de nuestro patrimonio común. Moulou, un guía etíope, fue el perfecto cicerone. Su conocimiento y respeto por las etnias y sus consejos me fueron imprescindibles en un mundo donde es difícil llegar, incluso físicamente. El cuerpo llega pronto a sus límites, gracias a las moscas tse-tse, el paludismo, las sanguijuelas, las amebas, el sol abrasador, las lluvias torrenciales y el barro.
Beber el agua de cualquier sitio y compartir los alimentos de las tribus encierra evidentes peligros. Para evitarlos, Moulou me sugirió que contratase a un cocinero, lo que además nos permitió establecer lazos sociales con los indígenas con los que nos fuimos encontrando. A menudo, el primer contacto con ellos se estableció alrededor de una comida compartida, sentados en el suelo y utilizando los dedos como cubiertos.
Signos distintivos. Los hamer, los karo, los surma, los mursi, los bume... Todos son diferentes, física y culturalmente, aunque lo que distinga a estas tribus no sea siempre algo evidente para un extranjero. A mí me ha costado tres años y nueve viajes seguidos. Pero, a veces, es sorprendentemente fácil. Por ejemplo, un surma y un hamer se reconocen por su peinado especial, un puñado de pelo untado de barro y, a menudo, adornado con plumas. Unos son sedentarios (karo); otros nómadas, cazadores y de temperamento guerrero (surma o mursi). Sin embargo, la gran diferencia son los dialectos que hablan, pese a los esfuerzos de las autoridades de Adis Abeba por introducir el amárico, la lengua oficial de Etiopía.
Geográficamente, están instalados en las orillas del río Omo, cuyas aguas desembocan en el lago Turkana, fronterizo con Kenia. En una región en la que las temperaturas pueden alcanzar los 45 ó 50 grados, el agua es vital para el hombre y su ganado. Cada dos días, los pastores llevan a las vacas al Omo o a alguno de sus afluentes. El río es la clave de la supervivencia. Igual que estos animales.
La sangre de la vaca –que extraen cada tres semanas pinchándoles en la vena con una flechita– constituye, junto a la leche y a la carne, su principal alimento. Pero también es el patrón monetario. Todo se aprecia, se estima y se calibra en cabezas de ganado. Es un patrimonio, una herencia cultural. El padre, propietario del rebaño, da 30 vacas a su primer hijo cuando se casa, después otras 30 al segundo y, así, sucesivamente. De hecho, en las familias numerosas, los más jóvenes a veces no disponen de esa dote y tienen que apañárselas solos: roban ganado y trafican con marfil o con alcohol. Cualquier cosa vale para tener vacas y poder casarse.
Como ocurre a menudo en África, el poder reside en los ancianos. Son ellos los que se reúnen, los que toman las decisiones que afectan a la tribu y los que debían autorizarme para captar con mi cámara sus aldeas, previo pago, costumbre reciente a la que nadie puede escapar.
Al principio, pensé que fotografiar antes a los ancianos me facilitaría el trabajo. Un gesto así me había ayudado mucho en La India y en otros países, pero aquí fue un fiasco. Al mirar las fotos se veían pequeños, irrisorios en comparación con su estatura real. Les daban vueltas, las miraban y remiraban y, al final, las tiraban.
Para ellos, la propia imagen es algo abstracto, y eso que desde hace unos años circulan varios espejos de bolsillo. Los rostros pintados, los cuerpos escarificados, las joyas, los peinados, las sabias mezclas de vegetales y plumas sólo son apreciados por la mirada de los demás. Lo único que cuenta es la reacción del amigo o del vecino ante sus decoraciones corporales.
Se pintan el cuerpo con arcilla coloreada hasta dos o tres veces al día, como si cambiasen de vestido. Para los más jóvenes es una forma de coquetería, de seducción, de fiesta. Pero también un orgullo. Las escarificaciones, las mutilaciones que se infligen las mujeres mursi para colocarse su plato labial... son signos de elegancia, de belleza, de fortaleza y de valor.
Aunque la valentía les flaquea cuando llega la noche. Con la oscuridad, el entorno y los objetos se tornan intangibles, extraños. Ese mundo misterioso despierta y con él los espíritus, los antepasados y los muertos recientes. Porque cuando uno fallece, si es un personaje importante dentro de la tribu, se hace enterrar en las inmediaciones de su choza. Si es de menor rango, la distancia es mayor. Transcurrido un año, durante una ceremonia en la que se matan y se comen vacas, la comunidad decide que el muerto está realmente muerto. Pero hasta entonces, su espíritu vaga.
A lo largo del año, son numerosas las ocasiones en las que se reúnen para celebrar un acontecimiento. Desde la infancia hasta la edad adulta, las etapas de la vida siguen un proceso de iniciaciones. Un chaval se convierte en pastor a una edad determinada y sólo entonces se encarga del rebaño. A los 17 años un chico deja de ser niño y se convierte en joven. A los 21 ó 22 años ya puede ser guerrero.
Los rituales varían según las etnias. Pero en todas sus miembros se reúnen, bailan y hacen fiestas. El extranjero, en esos momentos, queda excluido. Casi por su propia seguridad. La combinación de las drogas que extraen de las plantas con el alcohol puede llevarles a estados de trance y a un estallido de violencia. Así, un viejo litigio o una palabra mal dicha es susceptible de desencadenar el conflicto.
La mayoría de los pueblos del Omo conserva un alma belicosa. De hecho, luchar contra el enemigo es algo inherente a su cultura, a sus tradiciones y llega incluso a alimentar sus conversaciones diarias. Yo nunca había sido testigo de tanto odio entre tribus vecinas. Por ejemplo, los surma y los burne se matan desde siempre.
Para minimizar este atavismo tribal existe entre cada tribu una región a la que no se va, a la que ni unos ni otros llevan a su ganado. Pero, en ocasiones, es inevitable y terminan produciéndose enfrentamientos, muchas veces a vida o muerte.
Y sin embargo, nada irremediable parece haber afectado todavía al valle del Omo. Jirafas y elefantes siguen corriendo por la sabana. También los hipopótamos y los cocodrilos son numerosos en el gran río. Y lo mismo ocurre con las tribus, que parecen sobrevivir a pesar de todo y contra todo.
Porque aquí, igual que se hace la guerra, se firma la paz. Si la situación empeora, si las pérdidas humanas y los robos de vacas se tornan demasiado graves, los viejos saben que tienen que encontrar una salida. Entonces, una delegación de ancianos se pone en camino y es recibida por otros ancianos. Entre ambos discuten las soluciones para alcanzar la paz. Inestable y frágil, porque basta una sequía extrema para que las hostilidades vuelven a desencadenarse.
Ritos iniciáticos. La vida de un hamer, de un burne o de un mursi está hecha así, para guerrear. Tener un enemigo es una ocasión para probar la valentía. Así, desde jóvenes se les prepara para ello. Por ejemplo, el ritual del donga es, además de una prueba iniciática, un simulacro de guerra. Sólo los surma y los mursi practican esta lucha con palos. Con ella afirman su virilidad, su capacidad de vencer al adversario, pero también es una prueba para superar a los pretendientes de una misma chica.
El éxito no depende tanto de la fortaleza como de la rapidez en dar los golpes y en evitarlos. A veces, los palos superan los dos metros y medio de longitud y causan heridas espectaculares. Si se alcanza el pecho del adversario, el shock puede provocar una parada cardiaca. Pero el donga no es una lucha a muerte; no reclama el sacrificio del otro. De hecho, se puede abandonar; basta con ponerse de rodillas.
Además, la presencia de algunos viejos es una garantía de seguridad. Si las cosas se complican, se interponen. El combate, que puede durar hasta 15 minutos, se acompaña con cánticos. El vencedor es festejado como un auténtico héroe y lo llevan triunfalmente hacia la chica deseada, que le ofrece una joya, generalmente un collar.
Cada año y durante varias semanas, este ritual atrae a cientos de personas. La presencia de los kalashnikov hace que se complique. En ocasiones, los ánimos se calientan y un espectador que no acepta la derrota de un familiar intenta arreglarlo a tiros. El año pasado se produjeron siete muertos, por eso los ancianos surma y mursi han decidido acortar la ceremonia.
Pero quienes no han cambiado sus rituales son los hamer, y eso que es la etnia que más contacto mantiene con el exterior. Cuando cumplen los 20 años, los hombres se someten a tres pruebas. La primera, correr sobre el lomo de una docena de vacas. En la segunda, tras haberse untado el cuerpo de grasa y carbón, tienen que controlar un rebaño dando vueltas a su alrededor. Mientras, un grupo de chicas se dedica a molestar a las vacas y hacer que se escapen, y en la última prueba debe ser capaz de flagelar a las muchachas. Éstas se presentan ante él con unas varas, invitándole a que las pegue. Pese a los golpes, ellas se ríen, le provocan, le insultan y para enfurecerle más le acusan de impotente. El chico que más y mejor haya pegado a las mujeres tiene derecho a casarse. Así lo quiere la tradición, pase lo que pase.
En los últimos años, algunos hamer se han marchado, sin pasar este ritual, a Adis Abeba o a otras ciudades. Según la tradición, el hermano menor no podrá someterse a estas pruebas si antes no lo ha hecho el mayor. La única salida que tiene el pequeño, cuyo hermano ha emigrado, es matar a éste si alguna vez vuelve a la aldea y se niega a someterse a los ritos. Es la ley de la tribu.

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* Miembro de la agencia Rapho desde 1965, Hans Silvester nació el 2 de octubre de 1938 a Lörrach en Alemania. Tomó sus primeras fotografías a la edad de 14 años. Licenciado de la escuela de Friburgo en 1955, viaja a través de Europa: ya se manifiesta su amor a la naturaleza y los animales y esta preocupación de la ecología que no lo dejará ya. Inaugura el primer número de Geo con una crónica de un pueblo del País Vasco en 1977. A partir de los años 80, Hans Silvester es por excelencia el fotógrafo de los grandes problemas de medio ambiente… Fotografió todos los parques naturales de Europa, denuncia las devastaciones de la deforestación en Amazonia, publica un largo reportaje sobre el río Calavon bajo el título “el río asesinado”, se interesa por la explotación del bosque en Norteamérica. Otro tema de predilección, los animales: caballos en Egipto, América, Camargue, palomas en Europa, Grecia, Egipto, en Turquía, gatos y perros de las islas griegas son objeto de numerosas publicaciones y álbumes fotográficos publicados en el Martinière en los años 90. Hace a continuación varios viajes a Rajastán para traer un espléndido testimonio sobre la vida de las mujeres del desierto indio, luego encuentra con felicidad la Camargue en 2001 dónde fotografiaba todas las temporadas de la vida salvaje de los caballos. Viajero infatigable, siempre animado por su pasión de las luces y colores de la tierra, fotografió a los ciervos-volante en todo el mundo… y termina en 2006 un trabajo de varios años sobre el pueblo del valle del Omo. ------------------------------

Fuentes:
Texto: http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2006/368/1160758885.html
http://www.grands-reporters.com/_Hans-Silvester_.html


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