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Kurt Vonnegut

 

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Foto: Helayne Seidman

Kurt Vonnegut nació en Indianápolis, Estados Unidos, el 11 de noviembre de 1922 y murió tras una caída, a los 84 años.

De fuerte sensibilidad humanística, fue muchas veces comparado con Mark Twain por la forma en que el humor teñía su mirada pesimista.

Como en el caso de Twain, algunas de sus obras fueron censuradas. Entre ellas, Matadero 5 (1969), donde refleja sus experiencias de guerra como prisionero de los alemanes en Dresde durante la Segunda Guerra Mundial, mientras la ciudad era destruida por los bombardeos aliados.

Esta novela, en la que mezclaba la realidad y la ciencia-ficción para mostrar una visión crítica, no exenta de humor, de la sociedad y en particular de la crueldad bélica, le dio notoriedad y se convirtió en uno de los libros más simbólicos del pacifismo.

Tras la guerra, el escritor se desempeñó como periodista en Chicago, hasta que publicó la primera de sus 14 novelas, Player piano , en la que describe con humor e ironía una sociedad dominada por las máquinas y las diferencias de clase.

En su último libro, Un hombre sin patria (2005), una colección de ensayos que fue best seller, Vonnegut atacó todo lo que consideraba criticable: la Casa Blanca, la guerra de Irak y la contaminación del planeta. Había nacido en Indiana, en 1922.

Su constante crítica social, con tendencia a la sátira y al humor negro y el empleo de técnicas vanguardistas y elementos fantásticos fueron las claves en las que cimentó su prestigio como autor.

Vonnegut, que se definía a sí mismo como un escéptico religioso y un librepensador humanista, había nacido en 1922 en Indianápolis, ciudad que había declarado 2007 como el año del escritor.

NOVELAS:

• La pianola (Player Piano, 1952).

• Las sirenas de Titán (The Sirens of Titan, 1960).

• Madre Noche (Mother Night, 1961).

• Cuna de gato (Cat's Cradle, 1963).

• Dios le bendiga, Mr. Rosewater (God Bless You, Mr. Rosewater, o Pearls Before Swine, 1965).

• Matadero cinco o La cruzada de los inocentes (Slaughterhouse-Five, o The Children's Crusade, 1969).

• El desayuno de los campeones (Breakfast of Champions, o Goodbye, Blue Monday, 1973).

• Payasadas o ¡Nunca más solo! (Slapstick or Lonesome No More) (1976).

• Pájaro de celda (Jailbird, 1979).

• Buena puntería (Deadeye Dick) (1982).

• Galápagos (1985) • Barbazul (Bluebeard, 1987).

• Birlibirloque (Hocus Pocus, 1990).

• Timequake (1997).

Fuentes: AGENCIAS AFP y ANSA. EL CULTURAL -Editado por Prensa Europea del Siglo XXI. Madrid.

 
 

 

 

 

OCHO REGLAS
PARA ESCRIBIR FICCION

1. Utilizar el tiempo ajeno de modo tal que el otro no sienta que lo ha malgastado.

2. Dar a lector al menos un personaje con quien pueda identificarse.

3. Cada personaje debe desear algo, aunque sea sólo un vaso de agua.

4. Cada frase debe, al menos, revelar algo sobre un personaje o hacer que la acción avance.

5. Comenzar tan cerca del final como sea posible.

6. Ser sádico. Más allá de qué tan dulces e inocentes sean tus personajes principales, haz que les sucedan cosas terribles, para que el lector pueda saber de qué son capaces.

7. Escribir para satisfacer a una persona. Si pretendes cautivar a todos, tu historia resultará fallida.

8. Dar a tus lectores tanta información como sea posible, lo más pronto posible. Para que el suspenso no decaiga, los lectores deben saber qué está sucediendo, dónde y por qué, para poder terminar la historia por sí mismos, pues las cucarachas podrían comerse las últimas páginas.

Fuente: Vonnegut, Kurt Bagombo Snuff Box: Uncollected Short Fiction - New York: G.P. Putnam's Sons, 1999

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FRAGMENTO DE “MATADERO 5”

“Un par de semanas después de haber llamado por teléfono a mi viejo camarada de guerra Bernard V. O'Hare, fui a verle en persona. Esto sucedería en 1964 más o menos, durante la celebración de la Feria Mundial de Nueva York. Eheu, fugaces labuntur anni. Mi nombre es Yon Yonson... Había en Estambul un joven... Me llevé a dos niñas, mi hija Nanny y su mejor amiga, Allison Mitchell. No habían salido nunca de Cape Cod. En el camino cruzamos un río, y paramos para que las dos chiquillas pudieran bajar a mirarlo y meditar un rato sobre él. Nunca hasta entonces habían visto agua en esa forma: larga, estrecha y lisa. El río era el Hudson, y por su curso nadaban carpas tan grandes como submarinos atómicos. También encontramos cascadas y arroyuelos que saltaban entre las rocas y se sumergían en el valle de Delaware. Había muchas cosas que nos tentaban a hacer un alto en el camino: las observábamos y luego reemprendíamos la marcha. Siempre llega el momento de partir. Las niñas llevaban blancos vestidos de fiesta y zapatos negros, también de fiesta, para que los forasteros pudieran darse cuenta al instante de lo bonitas que eran. «Tenemos que irnos, niñas», decía. Y nos marchábamos. Cuando se puso el sol, fuimos a cenar a un restaurante italiano, y después llamé a la puerta principal de la hermosa mansión de piedra de Bernard V. O'Hare. Yo llevaba una botella de whisky irlandés en forma de campanilla de mesa. Conocí a su encantadora esposa, Mary, a quien he dedicado este libro. También se lo he dedicado a Gerhard Müller, el taxista de Dresde. Mary O'Hare es enfermera titulada, lo cual es una cosa magnífica para una mujer. Mary cumplimentó a las dos niñas que traía conmigo y se las llevó escaleras arriba, con sus hijos, para que jugaran juntos y vieran la televisión. Sólo después de que los niños se hubieron marchado me di cuenta de que yo no le gustaba a Mary, o que no le gustaba algo de aquella noche. Se mostraba cortés, pero fría. —Tenéis una casa preciosa y agradable —dije. Y era cierto. Pero ella hizo como si no hubiera oído, y comentó: —He arreglado un lugar donde podréis charlar tranquilos, sin que os molesten. —Bien —contesté, e imaginé en seguida dos sillones de piel junto al hogar encendido de una salita artesonada, donde dos viejos soldados podrían beber y charlar. Pero ella nos llevó a la cocina y nos hizo sentar en dos sillas de rígido respaldo, junto a la típica mesa de blanca y brillante superficie. Lo de la superficie deslumbrante era producto de una bombilla de doscientos watios que se reflejaba directamente en ella. Mary nos había preparado un quirófano. Y, para postre, puso un solo vaso sobre la mesa, para mí. Explicó que O'Hare no podía beber nada fuerte desde la guerra. Nos sentamos. O'Hare estaba algo confuso, pero no me decía lo que ocurría. Por mi parte, no podía imaginar qué era lo que podía molestar a Mary de aquella manera. Yo era un hombre de buena familia, me había casado solamente una vez, no era un borracho y no le había hecho nada sucio a su marido durante la guerra. Ella se sirvió una cocacola, haciendo un ostentoso ruido con los cubitos de hielo sobre la fregadera de acero inoxidable. Después, se fue al otro extremo de la casa. Pero aún no descansó. Se movía por todas partes, abriendo y cerrando puertas, e incluso removiendo muebles como si quisiera desahogar su ira de una forma u otra. Le pregunté a O'Hare qué podía haber hecho o dicho para irritarla de aquella manera. —Todo va bien —dijo él—. No te preocupes por ello. No tiene nada que ver contigo. Evidentemente quería mostrarse amable. Pero estaba mintiendo. Todo estaba relacionado conmigo. Intentamos ignorar a Mary y recordar cosas de la guerra. Tomé un par de tragos de la botella que había traído. Empezamos a sonreír o a reírnos, a medida que nos venían a la memoria distintas anécdotas de la guerra, pero ninguno de los dos podía recordar nada bueno de verdad. O'Hare recordaba a un muchacho que bebió tanto vino en Dresde antes del bombardeo, que lo tuvimos que llevar a casa en una carretilla. No había mucho que escribir sobre ello. Yo recordé a dos soldados rusos que habían saqueado una fábrica de relojes hasta llenar un carro con ellos, y que se sentían felices andando borrachos y fumando grandes cigarros liados con papel de periódico. Estábamos allí intentando recordar, y Mary continuaba haciendo ruido. Al final entró en la cocina otra vez y tomó otra cocacola. De nuevo sacó una bandeja de cubitos de la nevera, a pesar de que aún quedaba un montón de hielo, y la golpeó en la fregadera. Después se volvió hacia mí, permitiéndome comprobar lo enfadada que estaba y lo culpable que era yo de su enojo. Había estado todo el tiempo hablando consigo misma, de manera que lo que entonces dijo fue sólo un fragmento de una conversación muy larga: —¡Entonces no erais más que niños! —¿Qué? —pregunté. —Durante la guerra no erais más que unos niños, como los que ahora juegan arriba. Asentí. Era cierto, durante la guerra no éramos más que unos necios e ingenuos bebés, recién sacados del regazo de la madre. —Pero no lo escribirás así, claro —prosiguió. No era una pregunta; era una acusación. —Yo... no sé —balbucí. —Pues yo sí que lo sé —exclamó—. Pretenderás hacer creer que erais verdaderos hombres, no unos niños, y un día seréis representados en el cine por Frank Sinatra, John Wayne o cualquier otro de los encantadores y guerreros galanes de la pantalla. Y la guerra parecerá algo tan maravilloso que tendremos muchas más. Y la harán unos niños como los que están jugando arriba. Entonces comprendí. Era la guerra lo que la ponía fuera de sí. No quería que sus hijos ni los hijos de nadie murieran en la guerra. Y creía que las guerras eran promovidas y alentadas, en parte, por los libros y el cine. Así pues, levanté mi mano derecha y le hice una promesa. —Mary —dije—, no creo que nunca llegue a terminar ese libro. Hasta este momento habré escrito por lo menos cinco mil cuartillas, y todas las he quemado. Sin embargo, si algún día lo termino, te doy mi palabra de honor de que no habrá ningún papel para Frank Sinatra o John Wayne... Y además —añadí—, lo llamaré La Cruzada de los Inocentes. Después de eso, Mary O'Hare fue amiga mía.”

FUENTE: VONNEGUT, KURT: MATADERO 5 O LA CRUZADA DE LOS NIÑOS. EDITORIAL ANAGRAMA, BARCELONA. 1991.

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© Revista de Artes N º 8 - Febrero 2008
Buenos Aires - Argentina