PASADO Y PRESENTE PRECOLOMBINO
Mario Vidal Lozano
Colaboradores: Alicia Olarte Y Marina Lozano Olarte
Mis primeros contactos con las culturas precolombinas se encuentran teñidos del discurso oficial, es decir de aquel que escribe la historia como el gran ganador, en este caso el colonizador. Característica que se traslada, incluso, hasta nuestros días, donde la omisión es la constante y el pecado mayor, y cuando no, la acción escrita y oral, mínima pero siempre prejuiciosa y desvalorizante de la cultura de los nativos de esta tierra. Cabe señalar que todo esto no es ni circunstancial ni ingenuo, sino más bien, es todo un proyecto cultural, político-religioso del poder que gobernó y gobierna a esta América Latina, que hoy sangra y se rompe en pedazos.
La cultura que engloba todas las acciones del hombre en esta parte del planeta está en crisis y su legitimidad en discusión. Se abre una puerta, una luz, una mirada pensante y crítica a nuestro pasado y presente. Así es que, veo oportuno transcribir un relato de Octavio Paz que ilustra, con meridiana claridad, desde dónde se posiciona una porción de la historia, la estética y el arte.Relata Octavio Paz que, el 13 de Agosto de 1790, mientras ejecutaban unas obras municipales y removían el piso de la Plaza Mayor de la ciudad de México, los trabajadores descubrieron una estatua colosal. La desenterraron y resultó ser una escultura de la diosa Coatlicue, "la de la falda de serpientes".
El virrey Revillagigedo dispuso inmediatamente que fuese llevada a la Real y Pontificia Universidad de México como "un monumento de la antigüedad americana". Años antes, Carlos III había donado a la Universidad una colección de copias de yeso de obras grecorromanas y la Coatlicue fue colocada entre ellas. No por mucho tiempo: a los pocos meses, los doctores universitarios decidieron que se volviese a enterrar en el mismo sitio en que había sido encontrada. La imagen azteca, no sólo podía avivar, entre los indios, la memoria de sus antiguas creencias sino que su presencia, en los claustros, era una afrenta a la idea misma de la belleza. No obstante, el erudito Antonio de León y Gama, tuvo tiempo de hacer una descripción de la estatua y de otra piedra que había sido encontrada cerca de ella: el Calendario Azteca.
Las notas de León y Gama no se publicaron sino hasta 1804, en Roma. El barón Alejandro de Humboldt, durante su estancia en México, el mismo año, muy probablemente las leyó en esa traducción italiana. Pidió entonces, según refiere el historiador Ignacio Bernal, que se le dejase examinar la estatua. Las autoridades accedieron, la desenterraron y, una vez que el sabio alemán hubo satisfecho su curiosidad, volvieron a enterrarla. La presencia de la estatua terrible era insoportable.
La Coatlicue Mayor -así la llamaban ahora los arqueólogos para distinguirla de otras esculturas de la misma deidad- no fue desenterrada definitivamente sino años después de la Independencia. Primero la arrinconaron en un patio de la Universidad; después estuvo en un pasillo, tras un biombo, como un objeto alternativamente de curiosidad y bochorno; más tarde la colocaron en un lugar visible, como una pieza de interés científico e histórico; hoy ocupa un lugar central en la gran sala del Museo Nacional de Antropología consagrada a la cultura Azteca. La carrera de la Coatlicue -de diosa a demonio, de demonio a monstruo y de monstruo a obra maestra- ilustra los cambios de sensibilidad que hemos experimentado durante los últimos cuatrocientos años.
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